Hay muchas cosas que hacen al lector decidirse a empezar un libro. El autor, el género, la portada, la extensión, el precio, el tema, blablabla.
Una de esas cosas determinantes es la contraportada. Es triste encontrar alguna que demuestre ser escrita por alguien que no leyó el libro o que no supo leerlo. Por una de esas contraportadas, la lectura de 36 toneladas puede arruinarse.
Polifónica y ágil, la novela inicia cuando despiertas en un hospital sin recordar un carajo y el tipo de las gafas oscuras que no se te despega te dice un nombre, algo sobre un militar, dinero, droga... ah, sí, y que te van a matar. Más jodido no puedes estar. Partiendo de tu jodida condición, García Cuevas mete al lector a buscar su identidad y a resolver lo acontecido.
Aparte de la variación de narradores, uno de los aspectos más interesantes del texto es el cambio constante de tu nombre, desmemoriado. ¿Qué tan importante es cómo te llamas?, ¿qué tan profunda es la herida de un nombre cuando no lo recuerdas, cuando no lo relacionas contigo?, son las preguntas incrustadas en las líneas de la de Acapulco y que no dejan de formularse hasta la última página.
Hay algo en el libro que me evita disfrutarlo del todo. Es uno de los elementos por los que eliges leer una cosa sobre cualquier otra: el autor.
Me explico: Iris garcía tendría una buena entrada con esta novela si no hubiera hecho ya su "ingreso" al reino de las letras. Ojos que no ven, corazón desierto, su libro de cuentos, es de una potencia impactante, está bien escrito, bien trabajado, es uno de esos libros a los que hay que prestarles mucha atención. Tanta que, creo, opaca esta novela. El peso del corazón desierto excede las 36 toneladas novelescas de García. Ojo, no digo que sea mala, pero no es el mejor acercamiento a la obra de una de las plumas más prometedoras de la presente década.
García Cuevas, Iris. 36 Toneladas. México: Zeta Bolsillo, 2011.
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